Madrugones para asombrarse

Hay muchas razones en la vida por las que merece la pena madrugar. O mejor: no hacen falta razones para hacerlo (aunque cueste…). Abrir los sentidos al comienzo de un nuevo día (el olor del alba, los colores del cielo, el “crescendo” de los sonidos según donde vivas…) bien merece la pena. Y sin embargo, nos cuesta tanto…

Ayer domingo, 24 de agosto, desde mi “exilio” británico, decidí levantarme algo más pronto de lo habitual en domingo. Debo confesar que me encanta el baloncesto desde que era un crío. Uno de mis primeros recuerdos televisivos se remonta a escuchar el nombre de Santillana en una retransmision deportiva, creer que es futbol lo que se retransmite y quedarme perplejo al aparecer la imagen (en las antiguas televisiones en blanco y negro, primero se escuchaba el sonido y luego, aparecía la imagen) porque aquello no es un partido de fútbol y el Santillana que juega no es el delantero del Madrid, el que yo esperaba. Lo que veo ahí en blanco y negro es a un tipo altisimo con bigote que juega al baloncesto… De esto hace ya 26 veranos…tiempo es.

A lo que iba. Madrugué ayer por un partido de baloncesto. No le presté tanta atención al día (llovía y estaba cerrado el cielo, as usual) y sí a la web de la BBC para confirmar que retransmitían el España-Estados Unidos. La final olímpica. 24 años después de la que nos hizo a tantos redoblar las horas tirando balones frente a un tablero con aro.

El resto es ya conocido: dos horas de una intensidad envidiable. Prodigioso fue el juego de los dos equipos, pero todavía me asombra lo que hizo España, el equipo, la entrega, el espectáculo.

Y sobre la FE que pusieron en la victoria: toda una lección para los escépticos entre los que me incluía.

Y por supuesto, enorme la creatividad aplicada: para inventar opciones nuevas en momentos límites, para cambiar nuestra percepción de la situación, para desafiar lo habitual, para asombrarnos, para emocionarnos. Incluso para alucinar con el juego de un chaval de 17 años y poco más que con un descaro envidiable hizo de director de orquesta español. Así que, por una vez, la derrota no fue amarga (tal vez porque era esperada y las expectativas no eran tan grandes y sin embargo…)

Para terminar, dos cosas:

1. La columna que ha escrito en “elmundo.es” el anterior seleccionador, Pepu Hernandez. Me gusta su forma de ver el baloncesto. Sin ser una religión, ni falta que hace, de vez en cuando algunos deportes dan referentes para construir el desarrollo de las personas. Creo que el baloncesto lo hace.

2. Como ya comenté hace meses en una entrada anterior, asociar la creatividad con el baloncesto no es nada nuevo. José Antonio Marina en su libro “Teoría de la inteligencia creadora” lo hace con Michael Jordan y su inolvidable forma de jugar.

Por una vez, madrugar y ver una pantalla, mereció la pena.

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